En el “Día Mundial del Libro” comparten perspectivas de la guerra desde la poesía de Anna Świrszczyńska.

Por: Viviana Mendoza

En el marco del “Dia Mundial del Libro” este sábado 23 de abril en la Biblioteca Carlos Montemayor se realizaron diversas actividades de difusión de la lectura por parte de la Secretaría de Cultura de Chihuahua y Salas de Lectura.

Una de esas actividades realizada en los jardines de la biblioteca fue la plática del escritor Édgar Trevizo, Isabel Mier y Yukary Morales sobre sus perspectivas en torno al libro de Anna Świrszczyńska: “Construyendo la barricada” y cómo refleja realidades que son todavía actuales, además de acercar a la perspectiva de quienes lo viven, generando una empatía que no es tan fácil de conseguir al hablar de datos como pasa con los historiadores y los medios de comunicación tal como ocurre con la guerra en Ukrania y las muchas muertes que siguen siendo noticia en México.  

En este caso la autora vivió las experiencias que narra y convivió con sus protagonistas cuando no fue algo sufrido “en carne propia” según su biografía y las palabras que sirven como introducción del libro escritas como introducción o advertencia. 

Anna Swir (Świrszczyńska) nació en Varsovia, Polonia, en una familia artística, aunque empobrecida. Trabajó desde muy temprana edad, manteniéndose a sí misma mientras asistía a la universidad para estudiar literatura polaca medieval. En la década de 1930, trabajó para una asociación de maestros, se desempeñó como editora y comenzó a publicar poesía. Swir se unió a la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial y trabajó como enfermera militar durante el Levantamiento de Varsovia; en un momento estuvo a una hora de ser ejecutada antes de que se salvara. Además de poesía, Swir escribió obras de teatro y cuentos para niños y dirigió un teatro infantil. Vivió en Cracovia desde 1945 hasta su muerte por cáncer en 1984.

Sus poemas se han recopilado traducidos al inglés en “Construyendo la barricada” (1974), “Feliz Como Cola de Perro” (1985), “Gordo como el Sol” (1986) y “Hablando con mi cuerpo” (1996).

Ahora se puede tener “Construyendo la barricada” gracias a la traducción publicada por Medusa Editores con la traducción de Edgar Trevizo.

Este libro de poesías trata de mostrar lo vivido durante el Levantamiento de Varsovia, uno de los eventos más trágicos de la Segunda Guerra Mundial. La destrucción que trajo a una ciudad de más de un millón de personas solo puede compararse con la destrucción que sufrió Hiroshima. Varsovia se transformó en un páramo lleno de cadáveres, ruinas y cenizas humeantes. La parte de la población que sobrevivió al infierno fue expulsada y deportada a varios campos de concentración.

Tal como la autora explica:

“La vida en Varsovia durante el Levantamiento tenía la cualidad de una pesadilla. La ciudad se vio privada de agua, electricidad, gas y alimentos. El sistema de alcantarillado no funcionaba en gran medida. Los hospitales carecían de medicinas de agua pura. Los bombarderos alemanes arrasaron la ciudad día y noche, enterrando a los vivos bajo los escombros. La gente buscó refugio del ataque aéreo en los sótanos, pero no encontró seguridad ni siquiera allí: los alemanes los sacaron a rastras y llevaron a cabo ejecuciones masivas de hombres, mujeres y niños. Los tanques nazis que rodaban por las calles sembraban muerte y destrucción. Los sublevados y la población en general intentaron defenderse levantando barricadas. Todos se unieron a esta empresa, sin importar la edad y el sexo. La gente no durmió, comió ni se lavó durante días y días. Nadie sabía si estaría vivo cinco minutos después. Los cadáveres yacían en las calles y el hedor de los cuerpos en descomposición se elevaba desde las ruinas. A pesar de estas horribles condiciones, la ciudad luchó heroicamente durante sesenta y tres días. Los sublevados y la población en general hicieron gala de un valor moral extraordinario. Pero ante la falta de alimentos, armas y municiones, Varsovia finalmente tuvo que rendirse”. 

“Esperando ser disparado”:

Mi miedo se vuelve más poderoso

cada segundo

Soy tan poderoso

como un segundo de miedo

Soy un universo de miedo

Soy

el universo.

Ahora que

estoy parado en la pared

y no sé si cerrar los ojos

o no cerrarlos.

Ahora que

estoy parado en la pared esperando que me disparen.

Esta lectura acerca de lo que significa vivir en una guerra donde la idea es aniquilar todo vestigio de la comunidad fue uno de los aspectos más resaltados por las activistas durante su participación al seguir leyendo la “introducción” escrita por la autora: 

“El patrimonio cultural de valor incalculable que se había acumulado en Varsovia a lo largo de los siglos por innumerables generaciones de polacos fue completamente destruido. Los espléndidos palacios, el Castillo de los Reyes Polacos, las iglesias históricas, las ricas colecciones de arte, los museos, las bibliotecas, todo se convirtió en cenizas y escombros. La flor de la joven intelectualidad, que se había criado en un amor romántico por la libertad, pereció. Lo mismo hicieron miles de niños heroicos, los soldados más jóvenes del mundo a los doce y trece años: con un coraje sin igual se arrojaron contra los tanques, bombas de gasolina en la mano, y llevaron despachos bajo una lluvia de balas. El ejército alemán que luchó contra los insurrectos estaba muy bien equipado; tenía bombarderos, tanques, cañones autopropulsados ​​y lanzallamas. Los sublevados tenían pocas armas, limitadas principalmente a pistolas y granadas. Las personas para quienes incluso estas armas escaseaban a menudo se las quitaban al enemigo con sus propias manos. Los sublevados padecían hambre y frío; no tenían medicinas ni vendajes. A pesar de todo, lucharon heroicamente, en la creencia de que el fervor y el sacrificio personal compensarían la fuerza abrumadora del enemigo”.

“Ese mocoso”:

Por la mañana, cuando empezó a colocar

las botellas de gasolina en la puerta de entrada,

el conserje maldijo como un loco.

Ese mocoso

le sacó la lengua hasta el final.

Por la tarde los soldados lo trajeron de regreso,

había incendiado un tanque.

Ahora el conserje maldijo en voz más baja mientras cavaba un pequeño agujero

en el patio para ese mocoso”.

El viento sacudía la lona de la editorial en el templete, las ramas de los árboles cercanos y había causado un ataque de tos al traductor del libro. Algunos estaban inquietos de que pudiera haber algún problema con la lona que daba sombra al público que recibía con cierto agrado el fresco que el aire traía en un día primaveral con temperaturas de verano.

Las activistas invitadas a esa conversación siguieron planteando la importancia de que alguien escribiera sobre lo que sucedió en Varsovia, de las emociones de quienes formaron parte de esa historia que parace lejana sólo por el paso de los años.     

¿Podemos imaginarnos ver en ruinas esta biblioteca? ¿La desaparición de las facultades que nos rodean? ¿Estos jardines llenos de escombros? Eso vivieron en Varsovia y están viviendo en Ukrania y otros lugares. 

¿Podemos imaginarnos no saber si volveremos a ver a nuestros seres queridos? ¿El sufrimiento que alguien les está causando? Estamos en una guerra silenciosa que tiene a muchas familias con esas dudas y temores todos los días y parece que nos estamos acostumbrando a escucharlo. 

Por eso es importante la empatía y la perspectiva que genera el arte frente a la aparente indiferencia de otros medios de expresión. 

Una de las características que debemos recordar acerca de los años entre la Primera y Segunda Guerra, y los años posteriores fue el surgimiento de las vanguardias como el dadaísmo que expresó toda la decepción de los artistas frente a la imposibilidad que encontraron de cambiar la realidad o evitar esas masacres. 

Sirve como observación a lo dicho el propio origen de la palabra “vanguardia”: Proviene de la expresión francesa avant-garde y esta del latín ab ante, que quiere decir ‘sin nadie adelante’, y garde, que significa ‘guardar’. Originalmente el término se usaba en la jerga militar para referir a los que encabezan el pelotón abriendo paso en la contienda.

Queda recordar las palabras de Audrey Azoulay, directora general de la UNESCO, con motivo del Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor de 2021 “Hay que aprovechar plenamente el poder de los libros. Debemos garantizar el acceso a ellos para que todas las personas encuentren refugio en la lectura y puedan así soñar, aprender y reflexionar.”

El Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor es una celebración para promover el disfrute de los libros y de la lectura. Cada 23 de abril, se suceden celebraciones en todo el mundo para dar a conocer el poder mágico de los libros – un nexo entre el pasado y el futuro, un puente entre generaciones y distintas culturas.

Proclamada por la Conferencia General de la UNESCO en 1995, esta fecha simbólica de la literatura universal coincide con la de la desaparición de los escritores William Shakespeare, Miguel de Cervantes e Inca Garcilaso de la Vega. Este día rinde homenaje a los libros y a los autores y fomenta el acceso a la lectura para el mayor número posible de personas. Trascendiendo las fronteras físicas, el libro representa una de las invenciones más bellas para compartir ideas y encarna un instrumento eficaz para luchar contra la pobreza y construir una paz sostenible

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